Vivía en Bogotá y trabajaba como redactora publicitaria. Escribía desde niña y siempre quise saber quién era: leía psicología para entender mi historia, mis patrones y hasta mis diagnósticos. Racionalizaba todo lo que sentía. Paradójicamente, mi hambre de conocimiento me alejó de la verdad.
Durante el Covid-19 atravesé el pico de una crisis de ansiedad y depresión que duró casi tres años. Entendía por qué me sentía así, pero no podía cambiarlo. Sentarme a meditar era una tortura: mi mente no iba a rendirse tan fácil.
Todo empezó a cambiar con un curso que explicaba, desde la ciencia, por qué la meditación funciona. Aprendí a desacelerar y a ver la ansiedad y la depresión como compañeras de vida, no como enemigas. Con el sistema nervioso regulado, mi cuerpo empezó a pedir movimiento: primero deportes de fuerza y contacto, y luego improvisación, baile extático y yoga.
Y luego llegó el agua. Empecé a bucear, a surfear y a hacer freediving, y mi vida empezó a cambiar. La Madre Mar me devolvió la sensación de ser una con todo. Bajo el agua aprendí a soltar el control, a fluir, a confiar y a ser vulnerable. Y entendí que esas lecciones también eran para la vida en tierra.
Mi dolor me llevó a ver el dolor de los demás: la ansiedad, el burnout y la depresión que tantas personas cargan en silencio. Así nació Buscamar, primero como un proyecto de buceo y hoy como una comunidad de freediving en Cartagena, donde el mar es la medicina. Y así nace El Llamado del Agua: para llevar esa medicina a quienes, aunque estén en tierra, necesitan sumergirse en su interior.